UN HUESO DURO DE ROER

por: Carla Hernández Esquivel (Q.E.P.D.), esposa de Rafael Cauduro 

Vivir la realidad pictórica de Rafael es recorrer un desierto por días, bajo el intenso calor, y de pronto encontrarse con el espectro de algo próximo, incomprensible al tacto, incompresible a la vista porque no es lo que es, no esta!!!…

La razón no es suficiente,  razón no da  posibilidad para entender, para acercarse a su obra.

Las imágenes que dibuja y desdibuja se apoyan pesadamente reclamando un lugar único y real.

Crea la sensación que  nos arrastre por senderos de dolor, placer, agonía, soledad, ira.

Conduce por caminos enigmáticos, con aparente pasividad. Nos introduce con la muerte suspendida en la imagen. Cauduro hace posible vivir en la muerte, porque cuando crea, genera la posibilidad de que ninguna parte es ahí.

En cada obra, en cada imagen, deposita la posibilidad de no morir, de continuar existiendo a través del despojo, a través del cadáver en proceso, materializa la ilusión del después, propone mediante  la vulgaridad simple de una técnica, de un color, de una pátina, la inmortalidad.

La obra de Cauduro se desarrolla en etapas, en ciclos, depende de lo que está experimentando. Aunque es un hombre sumamente imaginativo, también necesita tener los pies en la tierra, estar seguro con cada paso que da. Se exige asombrar a través de su obra, le inquieta no sorprender al espectador. Con insolencia busca lo espontáneo en todo lo relacionado a su arte.

La pasión es otro componente muy importante de su naturaleza, y cada una de sus pinturas lo revela de esa manera, la mujer es un elemento que lo atrae en extremo.

Se alimenta de su sensualidad.

Impaciente, la transfiere como la percibe a la tela. Sus modelos se arriesgan a ser representadas como viejas de edad, sin serlo, o prostitutas. Construir y destruir es la sal y pimienta  en su pintura.

La sensualidad es uno de sus principales condimentos y cuando no lo tiene o lo quiere sustituir, pinta coches: qué hombre no experimenta esta pasión.

El misterio y la extrañeza son los vehículos de su motivación, el porqué de sus creaciones.

No es posible descifrar a Rafael a través de su pintura o esperar que sus vivencias nos muestren un Cauduro de carne y hueso. Lo que él vive no determina enteramente la creación de una nueva obra; la disciplina en el trabajo y la seriedad con que toma su quehacer diario son ineludibles, esto decide su próxima obra. Desvelado, cansado o triste, inclusive ausente, trabaja. Y esta misma condición lo lleva a depositar sus experiencias casi de manera inconsciente, a plasmar la pasión que siente por la vida en cada una de sus obras, sea lo que sea que experimente.

Rafael odia ser etiquetado, le molesta que se le relacione con el concepto del realismo. Yo lo consideraría una isla, la materia lo impulsa, con la materia nos engaña.

Se recrea en la incertidumbre que produce en el espectador, es cierto lo que veo pero no lo es, sin embargo existe desde que lo estoy tocando. A través de su obra, se nos concede la gracia de sentir fe en el absurdo, de experimentar en carne viva la pasión, el dolor, la soledad, el silencio, la materia incomprensible. Nada es verdad, pero es posible.

La muerte y la vida se unen de la mano en la imaginación de Cauduro. Para algunos, las imágenes de Cauduro son frías, lejanas, para otras diseño y composición, hay quienes ven erotismo e inclusive necrofilia, todas las opiniones son válidas, porque es cierto, porque la extrañeza de lo perdido, de lo que ya no está, se traduce en lo que deseamos leer: en la manera que nos habla y transporta devela sentimientos propios, así nos permite identificarnos con sus pinturas.

Rafael dice que no es religioso, y sin embargo no conozco una persona más religiosa que él, el arte es su altar; la vida y la muerte, sus santos; el sexo, la ultima exhalación; las calaveras, cristos y detritus, sus veladoras. Y los seres humanos,  fantasmas, espíritus que vagan sin fin entre los escenarios que fabrica y desfabrica sin cesar.

La imaginación de Rafael vaga incesantemente, viaja sobre ideas, sobre cambios, sobre nuevos orígenes, diferentes expresiones, busca sorprender al espectador, pero fundamentalmente  a sí mismo. Cada día, cada nuevo material, cada nueva técnica se presenta como un nuevo reto. Tiene la enorme capacidad de convertir en algo especial cualquier cosa. Un alfiler, una rueda, un tornillo o una catedral. Un niño, un perro, un borracho o una prostituta. Nada es lo que es, tampoco los seres humanos que representa, todo es un autobus donde transporta sus recuerdos, anhelos o ansiedades, o simplemente la tan buscada perfección.

Quizás para el espectador la obra que observa sea, a primera vista, un todo, una sola representación, como el congelamiento de un único instante fotográfico. Antes esa sola imagen fue construida durante horas de soledad, de insomnio:

El primer paso es la idea.

El segundo, el diseño y dibujo sobre  la tela en blanco, fibra de vidrio, metal, madera y ahora vidrio.

Tercero: la textura tiene sus bemoles, le allana el camino y a veces se lo dificulta.

Cuarto: el color, mi favorito, en este punto o me fascina o me dan ganas de matarlo.

Quinto: la destrucción, este paso es el más importante. Extrañamente, la destrucción para Rafael es la vida, la continuación de la misma en la muerte; destruye el lenguaje y aparece el artista limpio, llano, entero. No respira, no existe. Necesita destruir para continuar vivo.

La sexta etapa es de sombras y luces que procuran sensaciones y volumen, resulta pan comido.

La séptima: los personajes, estos dependen de su estado de ánimo, de la mujer que está dispuesto a amar, del erotismo, de la fantasía que lo atrae como un imán, del momento histórico que está viviendo; así, recrea a Cristo, a los ángeles que llevan a sus amigos de la mano, calaveras que nos dicen que aun la muerte vive. Colisiona coches y trenes enfatizando la rapidez de las horas sobre la muerte o la vida, al fin es lo mismo, la transición no existe solo el segundo entre un momento y otro.

Se entrelaza el trabajo que cada sección necesita, desde la investigación de los materiales, su durabilidad, la propiedad, resistencia, él para qué y cómo de su utilidad, la aplicación.

La tarea de concebir una obra es agotadora, solitaria, y para Rafael Cauduro es titánica, sufre en silencio. Se aísla en la búsqueda constante de algo que lo incite a crear, a plasmar sobre una tela algo que valga cada minuto de su existencia. La perfección es su delirio y su mal humor, el hastío de no poder lograrlo aún. Cada obra terminada representa la suprema satisfacción de capturar en un instante la insatisfacción de la muerte convertida en posibilidad permanente de inmortalidad.